El hombre que sentó a Dios en zapatillas
Cofundador de El Jueves, director durante décadas y autor de su serie más longeva, José Luis Martín convirtió la revista en un ejercicio semanal de puntería. Su arma más eficaz fue un personaje tan inofensivo en apariencia como corrosivo en el fondo. Dios.
El personaje que sentó a su autor varias veces en el banquillo es un abuelo rechoncho, de barba blanca, con túnica, zapatillas y un triángulo con un ojo flotándole sobre la cabeza. Es estricto cuando el cargo lo exige y bonachón el resto del tiempo. Le gustan los pasatiempos corrientes y los disfruta como cualquier jubilado. Se llama Dios, y desde 1977 ha protagonizado cientos de páginas de El Jueves. Su autor, José Luis Martín, fue acusado en esos juicios de ofender a la religión católica y salió absuelto de todos.
Esa combinación, un dibujo amable y un fondo que hacía saltar las alarmas, es el mejor resumen del autor. Martín nunca necesitó el trazo agresivo ni el insulto para pegar fuerte. Le bastaba con mirar un poco más allá que los demás y encontrar el punto exacto donde un poder, una institución o una costumbre dejaban ver sus costuras. Cuando le preguntaron cómo combatía El Jueves la censura, respondió con una sola palabra: «Reincidiendo».

Un botones con lápiz
Martín nació en Barcelona en 1953 y se crio en Horta. Hijo de un emigrante soriano casi analfabeto, su primer empleo fue de botones en el Banco Ibérico, y siguió en la banca mientras estudiaba Psicología y publicaba chistes en las revistas satíricas que proliferaban en los últimos años del franquismo. En 1976 llegaron encargos fijos para Interviú, Penthouse y Mata Ratos, y pidió la excedencia en el banco. Seis meses después estaba fundando una revista.
El primer número de El Jueves salió el 27 de mayo de 1977, impulsado por Martín junto a dos veteranos, Tom Roca y Carlos Romeu. Era el momento de máxima ebullición del humor gráfico español, recién salido de la dictadura, y también el más arriesgado. Ese mismo año, en septiembre, un atentado de la extrema derecha contra la redacción de El Papus mató a su conserje. La revista nacía mirando a la francesa Hara-Kiri y con un editor, José Hilario, que quería algo así como un Pulgarcito para adultos, con personajes fijos que fidelizaran al lector. Martín le dio el más fijo de todos.
Dios como vecino
La serie empezó en el primer año de la revista y cambió varias veces de nombre: Que estás en los cielos, El Dios y, finalmente, ¡Dios mío!. Su premisa es de una simplicidad que roza la genialidad. Mostrar la vida cotidiana del creador del cielo y la tierra y las responsabilidades del cargo, como si fuera un empleo más. Dios tiene virtudes y defectos, se aburre, se enfada, se sale con la suya usando sus poderes cuando le conviene. A su alrededor se mueve un reparto que creció con los años. Jesucristo, con sus eternos chistes sobre caminar por el agua sin mojarse; la Virgen; Moisés y Noé; ángeles y demonios; dioses de otras religiones como Buda, Shiva o Alá; filósofos como Nietzsche, científicos como Galileo, papas y figuras de la actualidad.
Martín no se burla de la fe del creyente, que nunca le interesó como blanco, y él mismo ha insistido en que no tiene ninguna obsesión religiosa. Su Dios tampoco es un villano. Es un tipo bastante razonable, incluso entrañable. El efecto cómico, y crítico, surge del contraste entre ese anciano casi humano y todo lo que se ha construido en su nombre. La jerarquía, el dogma, la solemnidad, las guerras entre religiones que pretenden hablar por él. Al humanizar a Dios, Martín dejaba en evidencia a quienes lo habían convertido en un instrumento de poder. Por eso molestaba tanto. Un insulto se puede despachar como una grosería; un Dios en zapatillas que parece más sensato que sus representantes en la tierra es mucho más difícil de rebatir.
En un país que salía de cuarenta años de nacionalcatolicismo, en el que la Iglesia había sido parte del aparato del Estado, esa elección era la crítica más precisa posible, la que iba directamente a la columna que sostenía el viejo orden. Y era, al mismo tiempo, una crítica popular, porque se leía en segundos y cualquiera la entendía.

Reincidir como método
La respuesta del poder llegó por la vía judicial. ¡Dios mío! llevó a Martín varias veces ante los tribunales por presuntas ofensas a la religión católica. En los primeros años la revista sufrió secuestros, y más adelante los problemas se saldaron con multas. La reacción de la redacción, según ha contado el propio Martín, fue siempre la misma: «Si nos metían un puro por una historieta de El Dios, la seguíamos publicando». Su idea de la libertad de expresión no es la de un derecho adquirido sino la de un terreno que se gana o se pierde cada semana. «La libertad de expresión no hay que darla por hecha, hay que conquistarla día a día». Y su estrategia es militar en el mejor sentido. «Si hay un retroceso, hay que reunir las tropas y contraatacar».
Esa combatividad nunca fue una pose. Se nota también en cómo amplió el territorio de la serie con historias largas que tomaban el texto sagrado como materia prima. La Biblia contada a los pasotas, a finales de los setenta, y Jesusito de mi vida, publicada en la revista y luego recopilada en varios álbumes. La idea de traducir la Biblia al lenguaje de la calle de la Transición era otra forma de dar en el clavo.
Martín ha sido, al mismo tiempo, muy lúcido sobre los límites reales del oficio. En 2017, después del atentado contra Charlie Hebdo, reconoció con una honestidad poco habitual que dibujar a Alá se había vuelto un problema: «Ahora si tuviera que dibujarlo me lo pensaría». No lo dijo como una rendición, sino como un diagnóstico. Cuando la amenaza deja de ser una multa y pasa a ser un kalashnikov, explicó, la valentía deja de ser una decisión personal. Pocas frases describen mejor el cambio de época que ha vivido el humor gráfico en este siglo.
El editor que mantenía el pulso
La importancia de Martín en El Jueves va mucho más allá de su página. En 1982, cuando Grupo Zeta, su editor, se disponía a cerrar la revista por falta de rentabilidad, Martín la compró junto a Gin, Óscar y Ginés Vivancos y fundó Ediciones El Jueves. Él lo resume en una frase que explica buena parte de la historia posterior: «Desde entonces hacemos lo que queremos hacer».
Durante casi cuarenta años, Martín la dirigió primero con Roca y Romeu y después con Óscar y Gin. Bajo su mando se convirtió en el semanario de humor más longevo de la prensa española, con más de dos mil números. Desde Ediciones El Jueves lanzó además otras cabeceras, como Titanic, HDiosO o Puta Mili. Quienes trabajaron con él lo describen como un hombre muy serio en el trabajo y muy divertido fuera de él, y su gestión, como la de un producto eficaz y fiable que sabía equilibrar el riesgo con las cuentas. Mientras tanto, desde 1980 dibujaba a diario Quico el progre en El Periódico de Catalunya, un retrato del izquierdista de la Transición tan certero que acabó llegando a la televisión.
La relación terminó de forma amarga. Cuando la cabecera ya pertenecía a un gran grupo editorial, en 2014, la propiedad retiró una portada sobre la abdicación de Juan Carlos I, y buena parte de la redacción se marchó. «Nosotros habíamos pactado con la propiedad que algo así no ocurriría nunca», recordaría Martín. Para alguien que había construido la revista sobre la idea de no ceder nunca, fue un golpe especialmente duro.

La última lección
Hoy, ya jubilado, Martín sigue dibujando. Firma un chiste diario en La Vanguardia, impulsa desde la Fundación Gin el museo virtual Humoristán y en 2023 publicó sus memorias, Desmemorias de una revista satírica. En 2017 donó a la Biblioteca de Catalunya sus originales de humor y tiras como Quico el progre, lo que dice mucho del valor patrimonial que él mismo concede a ese trabajo.
Para el coleccionista, una página original de ¡Dios mío! tiene un doble interés. Es, por supuesto, una pieza de una de las series más longevas del humor gráfico español, ligada desde el primer año a la historia de El Jueves. Pero es también un documento de una batalla concreta. La que se libró en los quioscos y en los juzgados para decidir de qué se podía reír este país al salir de la dictadura. Algunas de esas páginas pasaron por un tribunal. Todas forman parte de la misma estrategia de no dar un paso atrás.
Y quizá esa sea la última lección de Martín. Su Dios nunca fue un panfleto ni una provocación gratuita. Era un espejo que dejaba en evidencia a todos los que hablaban en su nombre. Para dar en el clavo de esa manera semana tras semana durante décadas no basta con tener valor. Hace falta, sobre todo, tener puntería.
Benet Rouse