Mara. La casa donde se encerró una época


Por Benet Rouse
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Mara. La casa donde se encerró una época

Entre 1970 y 1975, mientras el franquismo agonizaba, Enric Sió dibujó en una mansión barcelonesa imaginaria la historia de una familia que se devora a sí misma. Mara es su obra mayor y una de las cimas del cómic español. Durante años, además, parte de ella solo existió completa sobre el papel original.

Hay una página de Mara en la que la protagonista dispara contra un guardia civil. A su lado está Valentina, la heroína de Guido Crepax, prestada por su autor para un homenaje mutuo entre los dos dibujantes. La página no se publicó. La censura la retuvo y no vio la imprenta hasta años después. Durante todo ese tiempo, esa secuencia solo existió en el original que Sió había dejado sobre su mesa de trabajo.

Empiezo por ahí porque la anécdota resume el destino de toda la obra. Mara se concibió en la Barcelona de 1970, se publicó sobre todo en Italia, llegó a España a trozos y no se reunió en un álbum hasta 1980, cinco años después de la muerte de Franco. Fue el cómic de un país que no podía leerlo. Y es, según opinión bastante extendida (que comparto), lo mejor que hizo Enric Sió. Román Gubern lo dijo con una rotundidad que pocas veces se permite un historiador: «Nunca, antes de Mara, el cómic español había desarrollado una puesta en escena tan elaborada».

Una casa cerrada por dentro

Sió tenía veintiocho años cuando empezó Mara. Había nacido en Badalona en 1942, hijo de un directivo textil. Estudió Económicas antes de pasarse a Bellas Artes, y desde 1960 había hecho de todo: historietas para Mateu y Bruguera, romances para revistas británicas a través de la agencia de Josep Toutain, bélicos para Fleetway. En 1967, con Emili Teixidor, había firmado Lavinia 2016 o la guerra de los poetas, considerada la primera historieta abiertamente crítica con el franquismo. Con Aghardi, publicada en la italiana Linus, recibió en Lucca en 1969 una mención como autor revelación. Era un autor de la gauche divine, culto, atento a lo que llegaba de Italia y Francia, convencido de que el cómic podía mirarse de igual a igual con el cine y la literatura.

La idea de partida se la dio su amigo Andrés Martín. Lo que Sió construyó con ella es una casa, una mansión barroca y decadente de Barcelona donde vive encerrada una familia burguesa. Está Mara, adolescente, que piensa en voz alta y no cree en el mundo que la rodea. Están dos niñas con sus muñecas, sus «peponas», cargadas de una proverbial crueldad infantil. Está la abuela, una matriarca en descomposición que lo gobierna todo. Por la casa pasan los amantes de Mara mientras fuera, como amenaza difusa, merodea una compañía de circo. Dentro, el abuso psicológico y los juegos de poder van pudriendo cada habitación.

Sió explicó que se había inspirado en su propia familia, una familia catalana bajo el franquismo hecha de «mentiras disfrazadas de verdad». Pero advirtió también que en Mara no hay historias reales, que todo está fabulado, y que la idea que lo une es «la vida tomada como un rito». El primer episodio se titula precisamente así, «Rito». Quería, dijo, que el lector tuviera la sensación de mirar por el ojo de una cerradura. Y quería otra cosa más íntima. Expulsar a sus propios fantasmas para que no molestaran demasiado. Javier Coma leyó la obra como un doble exorcismo, por un lado del pasado del país y por el otro de la propia trayectoria del autor como dibujante de encargo.

La lectura política está ahí para quien quiera verla, y es difícil no verla. Una anciana que agoniza sin soltar el mando, una familia que se pudre a puerta cerrada, una juventud que solo puede rebelarse desde la perversión. Un reflejo de la España de 1970.

Carlos Saura, que escribiría el prólogo del álbum, estrenó Ana y los lobos, con su casona, su madre tiránica y su familia como alegoría del régimen, en 1973. Saura definió Mara, que se había empezado a publicar años antes, como un cruce entre Viridiana y Freaks, y la llamó «la plasmación de algo soñado». No es un mal resumen.

Quince ritos y una censura

Mara no es una novela gráfica en el sentido que hoy damos al término, sino una serie de historias breves, de cinco o siete páginas en su arranque, que se sostienen solas y que juntas dibujan el retrato de la casa. Sió realizó los once primeros episodios por iniciativa propia entre 1970 y 1971: «Rito», «Sita», «Mara», «Derek», «David», «Gustav», «Mico», «Chico», «Cera», «Aquello» y «Roux». Después añadió otros, con títulos que, a mi juicio, van volviéndose más transparentes a medida que el régimen se descompone: «La hija del dictador», «Se busca delfín», «Se llamaba como su mamá», «El día de San Ignacio», «La fachada norte».

La mayoría de las bibliografías sitúan la primera publicación en Linus, la revista milanesa que había convertido el cómic en materia de debate cultural en Italia, a partir de 1971. En España solo aparecieron episodios sueltos en Bocaccio, la revista barcelonesa vinculada al mítico local de la gauche divine, y en Sunday, en Madrid, que recuperó algunos capítulos inéditos. El lector español no pudo tener la obra completa en las manos hasta 1980, cuando Nueva Frontera la publicó como número 6 de la Biblioteca Totem, con el prólogo de Saura. En 2016, Trilita Edicions la recuperó en un volumen en cartoné de 136 páginas, con textos de Carmen Amorós, viuda del autor, y de Luis Vigil.

Sió vivió esa dificultad en carne propia. En 1974 se marchó voluntariamente a Italia por el clima político, en 1977 se instaló en París y no volvió a Barcelona hasta 1979. Mara es, en buena medida, una obra hecha desde fuera y para fuera, sobre un país al que miraba con una mezcla de cercanía y asfixia.

La fotografía era el punto de partida, no el destino

El reproche que más ha perseguido a Sió es el de dibujar sobre fotografías. Es verdad que lo hacía, y nunca lo escondió. Escribía primero el guion, que cambiaba de versión en versión, luego fotografiaba modelos, objetos y escenarios, y dibujaba a partir de esas imágenes. Algunos críticos de la época vieron en ello frialdad. Yo creo que se equivocaban de objeto. Para Sió, la fotografía era materia prima, igual que lo era para los artistas pop que tanto le interesaban.

Basta mirar lo que hace con ella. Lleva el blanco y negro al alto contraste, hasta que los grises desaparecen y la figura queda reducida a mancha y contorno, como en una solarización. Repite una misma imagen con variaciones mínimas, en series que recuerdan lo que Alberto Breccia hacía por entonces en Argentina. Ensucia el negro con pincel seco y raspados, a la manera de Dino Battaglia, y junta en una misma viñeta masas de tinta china con zonas de grafito. Deja asomar, de pronto, un ornamento modernista que es pura Barcelona. Y descompone las escenas al modo de Crepax, en momentos simultáneos, a menudo sin el blanco del espacio entre viñetas, aunque cada una conserva su contorno, de modo que la página entera se lee como un bloque compacto, casi claustrofóbico, coherente con la casa que retrata.

La narración funciona igual. Sió quita todo lo accesorio, confía en la elipsis, corta las escenas antes de tiempo y deja al lector desubicado sin volverse nunca hermético. Siembra pistas, pero espera que cada uno haga su propia interpretación. Varía incluso el estilo dentro de una misma página para conseguir un expresionismo que el cómic de consumo de entonces ni se planteaba. Es un libro que exige una lectura lenta pero que recompensa el esfuerzo.

 

Lo que solo se puede ver en el original

Aquí es donde la obra interesa de manera especial al coleccionista. Una página de Mara es un objeto mucho más complejo de lo que deja ver su reproducción. En la página impresa, el alto contraste unifica: tinta, grafito, pincel seco y raspado se funden en un mismo negro. En el original, cada técnica conserva su textura y su brillo, y se ve con nitidez dónde termina la referencia fotográfica y dónde empieza la mano. Es justo lo contrario de lo que sugería el reproche de frialdad. En el papel se aprecia el trabajo físico, el gesto que corrige, que raspa, que añade grafito sobre la tinta. Esa es la parte de Sió que la imprenta no puede transmitir.

Después de la casa

Sió dejó casi por completo el cómic en 1981. Se dedicó a la publicidad, la fotografía y el cine. Intentó en 1985 una revista adulta inspirada en Linus, La Oca, que publicó a Crepax, Battaglia y Toppi y no pasó del cuarto número. Firmó campañas, portadas de discos y en 1992 un libro de desnudos fotografiados en rincones emblemáticos de Barcelona. Murió en noviembre de 1998, días después de que Avui publicara su último dibujo, una caricatura de Pinochet. El hombre que había dibujado la agonía de un dictador se despidió señalando a otro.

 

Mara quedó como la obra en la que todo lo que Sió sabía hacer encontró un tema a su medida. Su experimentación formal no era un adorno. Era la única manera de contar una casa donde nada se dice claramente y todo se sabe. Medio siglo después, el libro sigue incomodando.

 

Benet Rouse